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Vivianne y Elizabeth,
destructoras
Vivianne y Elizabeth, hermanas, media melena negra, un metro quince,
estado salvaje, nativas de Barcelona; acaban de llegar. Hacen su
aparición directamente en la playa desierta, danzando sobre caballos
imaginarios, los cabellos al viento y los ojos fijos. Amedrentan a las
olas con gritos de inimaginable agudeza, pisoteando sus flores de
espuma, violando la marca del agua. Entablan rápidamente relación con
Claudia, quien les da las últimas noticias del lugar; Claudia apacible,
madrileña, melena levemente rizada, un metro quince, sicario
circunstancial de Vivianne y Elizabeth.
Avanza el atardecer y entre las nubes gime ruborizado el viento. Las dos
hermanas han sustraído armas de asalto de una cercana sombrilla. Con
gesto fiero se abalanzan sobre la arena y comienzan a excavar como
posesas, dando grandes paletadas a diestro y siniestro.
Claudia sentada a una distancia prudencial, vencida por el agotamiento
de la mañana, apenas remueve arena. Ha traído sus viejas armas consigo,
por costumbre, mas no las empuña con suficiente firmeza. Su mirada vaga
distraída alrededor y se fija apenas en sus nuevas amigas. Se detiene
por enésima vez en el castillo. En la torre más alta. En el foso
profundo que lo rodea. En las almenas del cuerpo principal. En sus
ventanas misteriosas. Que bonito, el castillo. Hace muchas horas que lo
hicieron los niños y aún está ahí, a escasa distancia del mar.
Vivianne y Elizabeth, de pronto, han echado de menos al sicario. Se
vuelven y la ven, allí a dos metros, Claudia observando, absorta,
observando ¿qué? Siguen la dirección de su mirada y se dan cuenta: ¡un
castillo! Con rápido destello de inteligencia clavan los ojos la una en
la otra y se ponen en pie. Y emprenden una vertiginosa cabalgada,
sorteando por fortuna cuantos obstáculos les salen al paso: Claudia
agranda los ojos, incrédula, mientras Vivianne y Elizabeth,
destructoras, llegan hasta el castillo y se lían a puntapiés y la torre,
las ventanas, el cuerpo principal con todas sus almenas saltan en
pedazos por los aires.
«¡Claudia ven!» grita Vivianne. «¡Claudia, mira!» le grita Elizabeth.
Claudia se levanta lentamente, casi aturdida, pero al escuchar las risas
de sus amigas vuelve a sonreír y se acerca. A pisotones, ciegan el foso:
las manos recogen parte de las ruinas y las arrojan a lo lejos, y entre
gritos, exclamaciones y más y más risas, el solar se va pareciendo a un
territorio virgen que arrasara el tifón. Deciden por último borrar las
señales y eliminar las pruebas, y acarrean lo que resta del castillo
hasta la orilla: una vez allí, lo devuelven al mar. Y mientras lo hacen,
de nuevo gritan a las olas y patalean con furia.
Ni Claudia, ni Vivianne ni Elizabeth perciben la llegada de las sombras,
ni el paseo marítimo, ni los edificios, ni esas dos siluetas, una más
alta que otra, que desde la terraza distante miran hacia el campo de
batalla.
«¡Es nuestro castillo!», dice la menor «¡lo han destrozado!»
«Sí», confirma la mayor.
«Esas niñas son malas, ¿verdad?»
«Mmmmm; si no lo hubieran hecho ellas habría desaparecido dentro de
poco, al subir la marea.»
«¿Y ahora qué vamos a hacer?»
«Lo reconstruiremos por la mañana…»
Elizabeth, excitadísima, acaba de descubrir otro castillo algo más
lejos. No pasa mucho tiempo hasta que las tres amazonas vuelven las
monturas en su dirección. El cielo está cada vez más oscuro y con toda
seguridad, antes de que anochezca no quedará un solo castillo en pie
sobre la playa.
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