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Arte de alfarería
a) Alan es alfarero. Visita las playas provisto de una
cámara de vídeo de plástico, que en lugar de recolectar imágenes las
proyecta. A su vez, Alan proyecta sobre la cámara sus imágenes, de forma
que ésta pasa a constituir un elemento esencial del arte.
b) Cuando la madre le pide que se de prisa (Alan, vite, ramène toi
tes affaires!), arroja con denuedo la cámara a la arena, añade un
poco más de agua y continúa amasando el barro, simulando no hacer caso
de la voz femenina. Cámara, agua y arena giran veloces entre sus
pequeños y hábiles dedos, buscan las figuras y sus ecos, tal vez
fabulosos y exploran en la playa, al igual que los voladores de cometas,
posibilidades de libertad.
c) Mientras da serpentina ondulación al foso y cumbre inalcanzable a una
torre sin ventanas, las imágenes —pródigas en chispeantes reflejos, tan
del agrado de Alan— adornan el trabajo y le dan vuelo.
d) Sus construcciones, supuestamente alejadas en el tiempo o irreales,
al decir de cierto maduro especialista, demuestran con ingenua gracia
voluntad de permanencia; por filiación, pudieran con facilidad
pertenecer a este mundo, dado que forman parte del mundo de Alan: y Alan
es parte de la playa, parte nuestra del mundo.
En consecuencia de lo anteriormente expuesto, ya que no solicitada por
nadie mediante conducto oficial, de muy buen grado propusimos su
candidatura a miembro honorífico del gremio; la cual recibió entusiasta
acogida, siendo ubicado con todos los honores allí entre los de nueva
tendencia, un poco al fondo.
El porte discreto, la atención vigilante y una cámara de vídeo de
plástico siempre a mano caracterizan a nuestro nuevo miembro. Tal vez no
se le distinga bien, pero ello carece de relevancia: hoy o mañana, su
mera presencia va a servir para demostrar —que el gran arte de la
alfarería, continúa tan vivo entre nosotros como en tiempos de griegos y
fenicios.
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