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Voz de arena
o Los caminos del agua
Al acecho del gato de arena y al castillo, Marcos
prefiere ojos y triángulos delineados en la superficie. Como quien
averigua del subsuelo los caminos del agua, su pala amarilla tantea, en
el aire, la vibración capaz de guiar su mano hacia la fuente: tira de
ella hacia abajo cuando siente el lugar, la obliga al surco y a la
proyección, el giro, la esquina, la quebrada. Hacia delante, Marcos,
siempre hacia delante. Aunque des vueltas, aunque te desvíes; siempre
hacia delante.
A vuelo de pájaro, saliendo del agua, el bañista observa con asombro los
cambios producidos en la playa. Marcos se encuentra a un lado, muy
quieto, mirando los trazos poco profundos que dan forma a su universo.
El bañista va de los ojos a las elipses, de las elipses a los
triángulos, de los triángulos a las pupilas llenas de luz de Marcos y
repara en ese vientecillo al ras que juega con las líneas y, al remontar
un metro apenas, le alborota los cabellos rubios.
El rostro de Marcos refleja un sentimiento de cierto pavor ante el
conjunto, cuyas verdaderas dimensiones hasta ahora ignoraba. Su línea es
pura y ciega, lo cual entraña intuición, determinación, ausencia de sí:
desconoce origen y término, diseño y proporciones. Desconoce igualmente
una intención. Pero la fuerza que guía los caminos del agua, del mar
constitutivo, abre los ojos de su mano en un sobrecogedor panorama de
formas. Marcos es, sin saberlo, médium de la línea: siente mirada su
mirada, y aprende que en la arena hay una luz.
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