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Avensil

Playas

 

 



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Los peligros de la luz

 

 

Patricia es como un sol, por eso todo el mundo se le queda mirando. Como un sol minúsculo, de tres años tan bien llevados que apenas lo parecen. Patricia es el centro del universo. «¡Tía ven!», grita y el verano esplende como el lujo. Diez rostros tienen puesta en ella una mirada luminosa y una sonrisa. «¡Tía ven!».

A orillas del mar, la tía conversa con otra mujer, los pies en el agua, la mirada va y viene del horizonte al viento, del viento al horizonte. «Acércate, Patricia, no te oye». Pero Patricia no se mueve, incendiando con sus ojos azules a la tía, en la distancia. Confiada en el poder de su luz.

Unas manos la recogen y la ponen tres metros adelante, y la voz dice «Llámala ahora».

«¡Tía ven!».

«Da unos pasos, Patricia, acércate más, hasta que se vuelva». Patricia se mira los pies y observa las ondulaciones de arena a su alrededor. Levanta los dedos del pie izquierdo y luego hace girar el derecho y cuando parece que se va a tambalear, da un paso, dos, tres y se detiene. En ese preciso instante la tía ha terminado de hablar y se vuelve, se acuclilla y responde a la luz de Patricia con una rutilante constelación de alegría, los brazos abiertos. Y la fuerza de atracción de Patricia hace que la mujer camine en su dirección, hasta que se produce el choque inevitable y el pequeño sol es aupado hasta lo más alto del faro.

Sobre la arena se precipita un vuelo de vítores y aplausos que sólo acalla paulatinamente el mar, arrullándolos en su voz de atardecer.
 


Cuando llegó Patricia y se ofreció el Señor a hacer las presentaciones, ella no quiso, a pesar de que su hermano ya había sido presentado con éxito.

Todo consiste, le dijo el Señor, en mojar los pies: es la forma en que le dices «¡Hola!» al mar y él te dice «¡Hola!».

Pero ella no quiso. Porque el Señor la tomó en brazos y la acercó a la orilla, y entonces ella lo vio: tenía la boca variable, llena de espuma y rugía con voz atronadora, y cuando parecía que se había ido volvía, y era grande, inmenso, hasta el fin del mundo.
 


Y hasta el fin del mundo fue su pánico cuando, retrepando sobre el faro, no quiso volverse el sol hacia esa línea que, sin duda, se tragaría su luz.
 

 
 

 



 


 

 

[8] AVENSIL           

 

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