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Avensil

Playas

 

 



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El rostro de Dios

 

 

Los gatos tienen una leyenda según la cual existe un lugar en el que hay mucha, mucha agua. Es un relato oscuro que dicen los grandes ojos de los gatos viejos a los pequeños y apenas recién abiertos de los gazapos. Lo dicen una sola vez y miran hacia otro lado. Saben que los gatoniños no lo olvidarán nunca.

Explican modernos manuales sobre la educación del gato que cuando se les halla en falta no hay que golpearlos, sino dirigirse a ellos seriamente, con firmeza, haciendo uso de las palabras; y si se portan muy mal, pulverizar sobre la nuca desprevenida —evitando que pueda reconocer la mano ejecutora — agua con un aerosol. Lo que no dicen los manuales es hasta qué punto el castigo por la muy mala acción aproxima al gato a lo divino. No lo dicen; y sin embargo, al recomendar la ocultación de la mano que lo aplica, lo dan a entender sin proponérselo: la mano que no se ve es en última instancia la representación más fidedigna del rostro de Dios.

BisBís, indudablemente —o así lo creíamos nosotros—, comprendía: Dios era la húmeda voz que aparecía en la mesa de los humanos, las interioridades del sofá explorado por sus uñitas, el cable cuya resistencia probaban sus pequeños colmillos o el territorio que marcaba para proteger. Ese Dios de la inmensidad aterradora, la desesperanza y el fenecer que unos ojos experimentados habrían dado a la comprensión de los suyos nada más abrirse al mundo. Ese Dios cuya terrible advertencia se producía en ocasiones determinadas y a las que de haber conocido BisBís nuestro lenguaje, hubiera denominado el mal.

BisBís nos acompañó a la playa. Y mientras abríamos las maletas y colocábamos cada cosa en su sitio, él, que escuchaba por vez primera la pasión incesante del oleaje, se escondió debajo de una cama y no logramos hacerle salir. Sólo más tarde, mientras cenábamos, su pequeña figura apareció desde el pasillo y lentamente, pero lleno de curiosidad, atravesó el comedor, cruzó la terraza y se detuvo ante los barrotes pintados de rojo. Y allí, sentado, contempló el ir y venir de las aguas durante largo tiempo, sin moverse. Nosotros, admirados y respetuosos, interrumpimos la conversación para mirar en dirección al mar. Fue entonces cuando Silvia recordó: « Los gatos tienen una leyenda según la cual existe un lugar en el que hay mucha, mucha agua…»
 

 
 

 



 


 

 

[9] AVENSIL           

 

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