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Ojalá todos los
tréboles tuvieran
cuatro pétalos
—Ojalá todos los tréboles
tuvieran cuatro pétalos.
La mirada prendida en el verdor de los cuatro pétalos. De los ojos
llenos se desprende a cada parpadeo la luz. Ojalá la vida no fuese deseo
y la luz implicase siempre entendimiento. Ojalá los ojos indagando en el
verdor de esos cuatro pétalos no se desbordara en anhelos y que cada
palabra que pronunciaras estuviera libre de incertidumbre. Que la lluvia
no fuera inclemencia limitándose, solo, a amamantar la tierra, que el
frío no fuera devastador y supusiese, tan solo, una tregua, que la
oscuridad en la noche soportase únicamente el descanso, y el miedo
habitara en la última estancia del olvido.
¡Como te entiendo cuando formulas tu deseo! Y el silencio que le precede
y la quietud de tus manos sujetando el trébol, y la mirada perdida en el
deseo, imposible deseo, el indomable impulso de desear continuamente. No
hay descanso para los ojos que quieren ver, ni reposo para los oídos que
quieren escuchar, ni satisfacción en la consumación de lo que resurge
como Fénix al instante mismo.
De la sonrisa al silencio, durante un segundo indagamos mutuamente en el
fondo de nuestras pupilas, luego vuelta, otra vez, sobre los sedosos y
verdes pétalos.
—Ojalá todos los tréboles tuvieran cuatro hojas
Tus pensamientos se resumen en esas palabras que repites una y otra vez.
Solo oigo eso mientras tú lo pronuncias; solo pienso en eso mientras tu
mirada acaricia mi cara al tiempo que pronuncias; solo tengo eso
mientras tus labios se mueven cincelando el aire que expulsas para
ponerme al corriente: —Ojalá todos los tréboles tuvieran cuatro pétalos.
Y mientras tanto, ambos, conjugamos la vida aprovechando los ecos de
algún silencio ajeno. No hay virtud en este momento, ni propósito, solo
la certeza inútil de que los tréboles solo tienen tres pétalos. |
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