Volver a 'Vidrio'Vidrio 

Jacqueline Brabant

Los cuentos de Amaniel

 



Índice    

Página anterior Página siguiente  

 

 

 

¿Quién sabe?


Mario había renunciado a dejarse llevar por el lento balanceo del camello. Prefería andar al lado de los animales, con el mismo paso regular y cansino, aunque al caminar sus pies se hundieran en la arena del desierto y aquello dificultase su marcha. Se sentía feliz. Admiraba, incrédulo, las dunas que le rodeaban y cuyas sombras tenebrosas contrastaban con el color dorado de las laderas iluminadas por el sol del amanecer. Tantas veces las había contemplado, con envidia, en documentales, que ahora le costaba creer que él mismo formara parte de aquel paisaje. El tenue silbido del viento, como una melodía sinuosa, interrumpía a ratos el impresionante silencio mientras desgranaba la cima de las dunas y provocaba una fina lluvia de polvo amarillo. La caravana, formada por una larga retahíla de camellos, progresaba lentamente en dirección al oasis de Tamraset

A él le habría gustado correr ladera abajo, gritando a pleno pulmón como un loco en medio de la nada, pero no se atrevía delante de aquellos beduinos tan parcos en palabras que guiaban la comitiva. Con el pretexto de atarse el cordón del zapato, hundió la mano en la arena caliente y la dejó fluir lentamente entre sus dedos; tan fina y suave, parecía el pelaje de un animal vivo. El frío de la noche dejaba paso poco a poco a un intenso calor. A ras de suelo, el aire recalentado vibraba deformando las imágenes y dando a todo aquello un aspecto onírico. Así, cuando por fin divisaron en el horizonte la mancha verde del oasis, imposible de imaginar en esa inmensidad reseca, no supo si se trataba de un espejismo o de algo real, hasta que, al acercarse, se fueron recortando las siluetas de las palmeras sobre el azur del cielo y las masas oscuras de las jaimas de los nómadas.

A Mario le pareció maravillosa la hospitalidad de aquella gente tan pobre pero tan generosa. Se introdujo dentro de la tienda, agradeciendo su relativo frescor y cegado como estaba por la luz del sol, tardó un momento en distinguir en la penumbra a unas mujeres sentadas en cuclillas sobre el suelo y al grupo de hombres que charlaban animadamente con el guía de la caravana. Acurrucado encima de la alfombra aspiró con deleite el aroma del té con menta. Un intenso hormigueo le recorría las piernas después de la penosa marcha en la arena. De repente se sintió tan agotado que tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no tumbarse allí mismo y dormir un rato. Mientras sorbía despacio el té, observó los pocos utensilios de aquella gente cuyo único lujo eran las alfombras del suelo.

“¡Dios mío, será posible!”—exclamó para sus adentros. Estaba sentado sobre una alfombra idéntica a la de su casa, en Madrid. El sobresalto fue tal que desparramó parte de su bebida sobre el suelo. Deshaciéndose en excusas, intentó limpiar la mancha oscura con el pañuelo mientras una mujer, solícita, le ofrecía otro vasito del brebaje aromático. Se sentía trastornado por la coincidencia.

“No es tan raro”— se decía. Después de todo, la suya la había comprado a un marroquí que le aseguró que había sido tejida en Marrakech; sería del mismo taller. Seguramente repetirían el mismo modelo una y otra vez. Al mirarla con más detenimiento descubrió en una esquina, en medio de una arabesca roja, una hebra de lana azul que sobresalía del tejido; exactamente igual que en su casa.

“Vaya, siempre pensé que la había arrancado el gato, tan aficionado a afilarse las zarpas en cualquier lugar; quizá sea simplemente la ingeniosa firma del tejedor.” No dejaría de contárselo a su mujer para que viera qué pequeño es el mundo.

Unos días después, cuando por fin volvió a su apartamento, la mente todavía llena de aquella aventura extraordinaria, la encontró a ella sentada en el suelo del salón, con un trapo mojado en la mano.

—Estoy intentando quitar esta mancha oscura de la alfombra— dijo —Debe de ser pis de gato. ¡A ver qué hacemos con este animal!

Una leve fragancia a menta flotaba en el aire mientras él se dejaba caer sin fuerza en su sillón favorito.






 
 

 



 

[13] JACQUELINE BRABANT

 

Página anterior Página siguiente