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Jacqueline Brabant

Los cuentos de Amaniel

 



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En el museo arqueológico


Por la puerta abierta del museo arqueológico sale una burbuja de tiempo antiguo, envuelve el jardín marchito y se apretuja contra los barrotes de la verja. En aquel oasis, entre la maleza, mora un gato abandonado, un gato blanco de ojos verdes, tumbado sobre la hierba. Espera en el tiempo parado. También espera la mujer sentada en uno de los bancos que forman corro alrededor de la nada. Varados ambos en esta isleta en medio del bullicio de la ciudad, la mirada verde del gato se posa un instante sobre la mujer melancólica. En el corazón de la mujer hay una burbuja, una burbuja de tiempo antiguo, de amores pasados y de cálidos recuerdos; una burbuja casi olvidada. Ella suspira, y recobrado el aliento se despide del gato, del chirrido de las cigarras y del sol abrasador del mes de julio. En el museo, donde reina el frío de las tumbas, observa los objetos muertos, las joyas finamente labradas que en su día lucieron mujeres hermosas y las estatuas de hombres que fueron poderosos; entonces se desprende lentamente de su anillo de boda y lo deposita sobre una vitrina, donde los objetos olvidados que en su día tuvieran sentido ya no lo tienen. El eco de sus pasos rompe el silencio de las salas mientras escapa presurosa de las garras del recuerdo, del tiempo inmóvil, y desaparece en medio del tráfico de la ciudad.





 
 

 



 

[3] JACQUELINE BRABANT

 

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