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Flores sobre mi tumba
Me llamo Jean Dupont, pero hubo un tiempo en que me llamaba David Rosenberg. Mis padres me cambiaron de identidad porque al verdadero Jean Dupont no le importó regalarme la suya: tenía cuatro años, y estaba muerto. Eso ocurrió en Clichy, un barrio obrero de Paris, en abril de 1943, en plena guerra con los alemanes.
Rosenberg es un apellido judío; por tanto en aquel tiempo suponía una condena a muerte. Mi familia había conseguido escapar de las deportaciones cambiando constantemente de residencia y procurando no relacionarse con casi nadie; vivían sobresaltados, persuadidos de que su relativa suerte no iba a durar y que acabarían como la mayoría de sus amigos, en la cámara de gas de un campo de concentración. Mi madre se ganaba algunos francos cosiendo vestidos baratos para las vecinas y remendando viejos abrigos; en cuanto a mi padre, como era tuberculoso no tenía por qué morir por la patria, y permanecía recluido en el piso, sin atreverse a salir para no llamar la atención. En aquella época en que casi todos estaban en el frente, era raro ver a un hombre joven deambular por las calles, a no ser que estuviera lisiado. Los peatones eran amas de casa, niños y ancianos en busca de alguna tienda abierta. Hacían cola horas y horas, con la cartilla de racionamiento en la mano, para poderse llevar a casa algunas patatas y un poco de pan.
El veintidós de abril de aquel año aullaron las sirenas a las once de la noche como preludio al bombardeo por la aviación enemiga, y como era un sonido habitual, no me asusté. Todos los habitantes del barrio, siguiendo las consignas de las autoridades, apagaron las luces dejando la zona a oscuras, en un vano esfuerzo para borrar la ciudad de la vista de los aviadores. Mis padres me sacaron en volandas de la cama y envuelto en mantas me bajaron al sótano. A mí, de lo poco que recuerdo de aquella época, me gustaba despertarme en el sótano, rodeado de un montón de vecinos hacinados en torno a la caldera. Las bombas no me preocupaban, los únicos que me daban algo de miedo eran los ratones que huían despavoridos. Ese día, el niño de los Dupont tenía fiebre y sus padres, que vivían en el piso contiguo al nuestro, no quisieron sacarlo de la cama.
Una primera oleada de aviones pasó por encima de los tejados, en vuelo rasante. Cuando el estruendo de los motores se iba amortiguando en la lejanía y empezábamos a respirar tranquilos surgió otra escuadrilla y su carga mortífera cayó justo encima de nuestra casa. Pareció un terremoto. Hubo una explosión, seguida de una sacudida tremenda y del fragor del derrumbe. El sótano se llenó de los chillidos de los vecinos y de un polvo fino que impedía respirar. Por suerte pudimos escapar por un boquete que se había formado en la pared. Después de un recuento minucioso, nos dimos cuenta que las únicas personas que faltaban eran los Dupont. Desde la calle, intentamos evaluar los daños sufridos por la casa pero era difícil con aquella densa nube de polvo. La bomba había caído en una esquina, arrastrando parte del tejado y cortando por la mitad los pisos que daban a la calle Jules Ferry. El de los Dupont era uno de ellos. En la segunda planta, asomado al abismo, un perro fox—terrier aullaba. Nadie se atrevía a entrar en la casa por miedo a nuevos derrumbes. Mi padre fue el único que se precipitó escaleras arriba saltando por encima de los escalones derruidos y se enfrentó al espectáculo de la masacre. El techo se había caído, aplastando a la familia entera. Jean, aquel niño que tantas veces había jugado con el suyo, siendo de la misma edad, yacía ahora muerto encima de la cama. Como si aún pudieran hacerle daño, despejó cuidadosamente los escombros que lo cubrían y lo bajó en brazos.
Fue entonces cuando a mi madre se le ocurrió una idea genial. Entre lágrimas, porque quería a aquel niño moreno, cuchicheó algo al oído de mi padre, y declaró, mirando con firmeza a los vecinos:
—Me lo llevo al hospital por si acaso se pudiera hacer algo.
Así fue como Jean Dupont pasó a ser David Rosenberg, un niño judío muerto durante el bombardeo del veintidós de abril de 1943, tal y como consta en mi certificado de defunción.
Ahora a mis sesenta y seis años me gustaría recuperar mi verdadera identidad, pero resulta difícil. Mis padres murieron en Dachau, no sé si de inanición o en la cámara de gas, mientras yo me criaba en un orfanato tal como correspondía a Jean Dupont.
Vivo en provincias, pero cada vez que paso por Paris me acerco al cementerio de Clichy y deposito un ramo de flores sobre mi tumba.
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