| |
había nadie. A un palmo de la puerta estaba mi paraguas tirado en el
suelo, lo tomé, le di la ficha y me fui. Sin embargo, ya en la calle me
pareció que aquella cara de palo del mango me guiñaba un ojo...
Hydra murió viejo y bregado en cien combates durante un
temporal de invierno del noventa y dos.
Al año siguiente, jacobeo, aproveché mi visita a Compostela
para volver por el Callejón de las Trompas. Mi sorpresa fue mayúscula al
comprobar que ya no había casa alguna donde antes estaba la fábrica de
paraguas. Le pregunté a una viejita si hacía mucho que la habían
derribado y me respondió que había ardido por completo cuando ella era
niña y que en el incendio había muerto el Sr. José, el paragüero del
bajo... |
|
Dejé la mar
Dejé la mar...
Dejé la mar hace muchos años. Tantos que ya ni recuerdo cómo
cantan las gaviotas, a qué sabe el aire húmedo del oleaje, a qué huele
la espuma que abraza las rocas una y otra vez...
Ahora estoy aquí en esta ciudad triste y apagada lejos de la
costa. Me sé las calles, los rincones retorcidos del barrio viejo, los
árboles que jalonan el pequeño parque, las caras de muchos de sus
habitantes que me ignoran al cruzarse conmigo, las risas de sus niños,
los sollozos de sus mujeres humilladas, los suspiros de sus viejos, las
esperanzas de sus enamorados. Me queda poco por conocer de esta vieja
urbe del interior, llana, previsible, |
|