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En la calle
del navío sin sombra,
ataúd donde giran los ventiladores
como enloquecidas gaviotas de hierro,
permanece el mar idéntico y vacío,
―azul acerado―
sólo inundado en los ocasos por todos los colores.
Te busco, como un sonar,
rastreando la corriente ―blanca― de la sangre
y el pálpito del oleaje me mece
―como si de una cuna se tratase―
diluyéndome en el infatigable murmullo de la noche.
Sólo queda la huida
hacia las notas picoteadas
en los nocturnos del piano. |
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