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Ciento ocho mil li
(...) mira qué reinado tan triste
Alberto Girri
Detrás de toda piedra hay una piedra,
debajo de la noche una corona
que ciñe mi cabeza.
No hay piedad ni luminosas arboledas
en mi suelo natal.
Nadie es mi hermano.
Vuelven por esa calle humo y garzas
volando sobre los bordes de un río sucio
en vela y algo se inclina.
La frente del último animal.
Lleva mi nombre.
Vuelven los tristes muelles,
los andenes transidos
y la pobreza de mi voz cancelada
a hacer lo suyo.
Vuelve el hombre caído
de la lengua amorosa
y las botas hundidas
en el fervor del Ávila.
Somos uno en el duelo.
Uno en la retirada.
Comprendo ahora
la declinante luz
de su mirada indescifrable,
la claridad del confinado,
—su altiva letanía
bajo los techos del incendio:
'no llegaré,
no llegaré,
jamás veré tu orilla’
Mientras cae la luna
en turbios charcos,
y ciudades enfermas
—de amor, de cielo y sangre,
también conozco, mi presentido otro,
por qué mueren los niños
cantando exilios
en sus preciosas madrigueras.
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